lunes, 12 de octubre de 2015

Robles en flor

Gabriel estuvo en la biblioteca esa tarde. Antes de entrar, bebió un tinto en la tienda de la explanada. Platicó un instante con el administrador, el cual almorzaba detrás del mostrador, en un rincón, oculto por las vitrinas. Es un hombre maduro, sencillo, menudo y vivaz, con una personalidad expansiva y un timbre de voz un poco adamado. Es muy atento con los clientes. Un hombre del lugar, en cuyas palabras se trasluce el amor por la tierra, por las amadas cosas que se extinguen ante el ímpetu urbanístico, los cafetales, los naranjos, los establos, la leche recién ordeñada y los generosos propietarios rurales, que han vendido sus fincas a los especuladores de la construcción. Gabriel platicó un instante con él, mientras bebía el tinto y observaba los pequeños y frondosos robles, todavía sin flores, que adornaban el contorno. Es bueno que sea reservado en el ritual de la comida, pensó, también soy así. Es bueno que coma su almuerzo alejado del mostrador: demuestra consideración con los clientes. Es bueno que no exponga la coca con el arroz a la mirada fisgona de los demás. Es bueno que deje la coca allá y apure el bocado de turno antes de venir a servirme el tinto, pensó Gabriel. A partir de estos actos tan simples, podría llegar a entenderme con este hombre. A partir de estas nimiedades, podríamos construir una grande amistad.    

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