Es lo que te digo
Es lo que te digo. Tenía que ser así. En aquellos días ya no era fácil nada.Ni siquiera la sonrisa. Se había puesto el rótulo de la duda en todo. Desconfiaban hasta de tus buenas acciones. Y buenas acciones era todo lo que tú sabías hacer. Nada más. Es lo que te digo. No era fácil sentarse por ahí, beber un café, acaso leer una revista. Desconfiaban de la manera en que te sentabas a beber el café, de la forma en que sacabas del maletín la revista. Querían fisgonear si era una revista ilustrada, qué título llevaba. Pero tú no se los permitías. Jamás se los permitías.
lunes, 26 de octubre de 2015
martes, 13 de octubre de 2015
Se llama Pedro
Se llama Pedro: el administrador de la tienda del Parque Biblioteca de San antonio de Prado. Hoy una señora, que parece ser amiga suya, se acercó a saludarlo y le dijo Pedrito, lo cual no le gustó a él, que se encontraba almorzando en su rincón detrás del mostrador. Yo metí la cucharada y dije a la mujer: "tampoco me gusta que me llamen negrito, gusto más de que me digan Negro, de hecho así es como me dicen algunos buenos amigos." Pedro siguió almorzando, dando las últimas cucharadas, golosas cucharadas, y el asunto del diminutivo no trascendió. Yo me bebí, goloso, el tinto que acababa de comprar, y me entré a la biblioteca, pensando que dos días consecutivos he encontrado a Pedro en rituales alimenticios, lo cual me da a entender que Pedro se cuida bien. Esto es bueno. Me ha dicho Pedro, antes que llegara la señora y se iniciara el tema de pedrito-negrito, que el agua ha estado muy poquita acá en el Parque, un hilito. Le comento el contratiempo con el corte del agua que vivimos en estos días (¡aún hoy, y tal vez mañana!) los habitantes de los demás barrios del corregimiento y Pedro me espanta con la afirmación de que la interrupción del servicio durará ocho días. ¡Ocho días! Eso es lo que dicen. El agua de por acá es veredal, no potable, me ha contado el tendero en el interín. Ah, con razón tienen así sea un poquito. Nosotros no tenemos ni gota. Los tanques repartidores se paran en las esquinas y los tumultos afloran. Eso que dan a chorros no es agua, es miseria. Y mientras tanto los baños. No es justo. En este punto del relato no se sabe si es Pedro o soy yo quien habla. Es mejor volver al tema nutricio, o al de la lluvia, que se zafa con fuerza, o al de las garzas caravana, que lanzan alaridos en las frías montañas. Es bueno que Pedro se alimente. No es bueno que corra la suerte de su homónimo bíblico, que negó tres veces a Cristo. No, según veo, Pedro almorzara tres veces asistido por mi presencia fisgona. No es un destino vil.
Se llama Pedro: el administrador de la tienda del Parque Biblioteca de San antonio de Prado. Hoy una señora, que parece ser amiga suya, se acercó a saludarlo y le dijo Pedrito, lo cual no le gustó a él, que se encontraba almorzando en su rincón detrás del mostrador. Yo metí la cucharada y dije a la mujer: "tampoco me gusta que me llamen negrito, gusto más de que me digan Negro, de hecho así es como me dicen algunos buenos amigos." Pedro siguió almorzando, dando las últimas cucharadas, golosas cucharadas, y el asunto del diminutivo no trascendió. Yo me bebí, goloso, el tinto que acababa de comprar, y me entré a la biblioteca, pensando que dos días consecutivos he encontrado a Pedro en rituales alimenticios, lo cual me da a entender que Pedro se cuida bien. Esto es bueno. Me ha dicho Pedro, antes que llegara la señora y se iniciara el tema de pedrito-negrito, que el agua ha estado muy poquita acá en el Parque, un hilito. Le comento el contratiempo con el corte del agua que vivimos en estos días (¡aún hoy, y tal vez mañana!) los habitantes de los demás barrios del corregimiento y Pedro me espanta con la afirmación de que la interrupción del servicio durará ocho días. ¡Ocho días! Eso es lo que dicen. El agua de por acá es veredal, no potable, me ha contado el tendero en el interín. Ah, con razón tienen así sea un poquito. Nosotros no tenemos ni gota. Los tanques repartidores se paran en las esquinas y los tumultos afloran. Eso que dan a chorros no es agua, es miseria. Y mientras tanto los baños. No es justo. En este punto del relato no se sabe si es Pedro o soy yo quien habla. Es mejor volver al tema nutricio, o al de la lluvia, que se zafa con fuerza, o al de las garzas caravana, que lanzan alaridos en las frías montañas. Es bueno que Pedro se alimente. No es bueno que corra la suerte de su homónimo bíblico, que negó tres veces a Cristo. No, según veo, Pedro almorzara tres veces asistido por mi presencia fisgona. No es un destino vil.
lunes, 12 de octubre de 2015
Robles en flor
Gabriel estuvo en la biblioteca esa tarde. Antes de entrar, bebió un tinto en la tienda de la explanada. Platicó un instante con el administrador, el cual almorzaba detrás del mostrador, en un rincón, oculto por las vitrinas. Es un hombre maduro, sencillo, menudo y vivaz, con una personalidad expansiva y un timbre de voz un poco adamado. Es muy atento con los clientes. Un hombre del lugar, en cuyas palabras se trasluce el amor por la tierra, por las amadas cosas que se extinguen ante el ímpetu urbanístico, los cafetales, los naranjos, los establos, la leche recién ordeñada y los generosos propietarios rurales, que han vendido sus fincas a los especuladores de la construcción. Gabriel platicó un instante con él, mientras bebía el tinto y observaba los pequeños y frondosos robles, todavía sin flores, que adornaban el contorno. Es bueno que sea reservado en el ritual de la comida, pensó, también soy así. Es bueno que coma su almuerzo alejado del mostrador: demuestra consideración con los clientes. Es bueno que no exponga la coca con el arroz a la mirada fisgona de los demás. Es bueno que deje la coca allá y apure el bocado de turno antes de venir a servirme el tinto, pensó Gabriel. A partir de estos actos tan simples, podría llegar a entenderme con este hombre. A partir de estas nimiedades, podríamos construir una grande amistad.
Gabriel estuvo en la biblioteca esa tarde. Antes de entrar, bebió un tinto en la tienda de la explanada. Platicó un instante con el administrador, el cual almorzaba detrás del mostrador, en un rincón, oculto por las vitrinas. Es un hombre maduro, sencillo, menudo y vivaz, con una personalidad expansiva y un timbre de voz un poco adamado. Es muy atento con los clientes. Un hombre del lugar, en cuyas palabras se trasluce el amor por la tierra, por las amadas cosas que se extinguen ante el ímpetu urbanístico, los cafetales, los naranjos, los establos, la leche recién ordeñada y los generosos propietarios rurales, que han vendido sus fincas a los especuladores de la construcción. Gabriel platicó un instante con él, mientras bebía el tinto y observaba los pequeños y frondosos robles, todavía sin flores, que adornaban el contorno. Es bueno que sea reservado en el ritual de la comida, pensó, también soy así. Es bueno que coma su almuerzo alejado del mostrador: demuestra consideración con los clientes. Es bueno que no exponga la coca con el arroz a la mirada fisgona de los demás. Es bueno que deje la coca allá y apure el bocado de turno antes de venir a servirme el tinto, pensó Gabriel. A partir de estos actos tan simples, podría llegar a entenderme con este hombre. A partir de estas nimiedades, podríamos construir una grande amistad.
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