El pueblo colombiano comienza en la pobreza y termina en la cobardía. Al norte presenta estrechez de ideas, entre este y oeste, anchura de superstición, al sur una cola de animal, como el último de los Aurelianos. En conclusión, somos un híbrido monstruoso entre indigencia y bestialidad.
Hay mucho mar, pero nos falta valor. Hay mucho monte, pero carecemos de honor. Tenemos todos los climas de la vanidad y todas las variedades de la pereza. Además, hay abundancia de conformismo y toda una cornucopia de vicios. Nos riegan todas las aguas de la mentira y soplan todos los vientos de la violencia.
Poseemos grandes yacimientos de maldad y extensos territorios de egoísmo. Nos uniforma y rige una sola constitución: el engaño. Un solo idioma nos aglomera: el esperpento. Nuestra fe es universalmente reconocida: el lucro personal.
Bebemos el desamor con la leche materna y respiramos fatalismo a espuertas. Deletreamos el odio en la cartilla del miedo. Todas las enfermedades nos circundan, pero nos sostenemos por el antiguo ardid de la malicia. Nuestra talla promedio, chaparra. Apetito no nos falta. Nos gusta el cerdo y morimos perplejos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario