LA FABULA DE LOS PASTELES
A la hora de la cena, Ana le dijo a
Juan:
-Esposo,
he preparado pasteles, ¿cuántos te sirvo?
-Tengo
gran apetito. Además, se ven deliciosos. Sírveme diez.
Ana
observó:
-Los
pasteles son de gran tamaño. He horneado bastantes. Con uno quedarías
satisfecho. ¿De verdad deseas comerte diez?
-Como
lo oyes, esposa. Lucen tan apetitosos esos pasteles. Se me ha desbocado el
ansia. Podría dar cuenta de toda la bandeja. De veras, estoy hambriento. Sírvemelos
sin tardanza.
Ana se
los sirvió.
Juan
se hallaba sentado a la mesa, con la servilleta prendida del cuello, el tenedor
y el cuchillo en las manos, listo para trinchar.
Los pasteles
despedían un olor delicioso. En su avidez, Juan olfateó como un perro de presa
el vaporcillo de los pasteles y se embriagó con él.
-Ana-dijo-.
Huelen tan rico estos pasteles que el solo olor incita y contenta el gusto.
-Los
condimenté con las mejores especias, esposo. Los dejé en el horno el tiempo
preciso. Los hice con amor.
-Ah,
qué olor, qué olor, Ana. Me siento desfallecer. Tienes una sazón exquisita. Estos
pasteles son dignos de un rey.
-Eres
mi rey, Juan. Come.
-Sí
que me los comeré. Hoy trabajé duro. Tengo apetito.
Y Juan
trinchó una porción de pastel, que llevó a su boca en un gesto de suprema
embriaguez.
-Qué
sabroso-dijo-. Un verdadero manjar, Ana.
Ana observaba
a Juan con una pizca de cautela. Qué glotón, pensaba.
Juan
daba cuenta del primer pastel y ante sí, todavía humeantes, tenía los otros
nueve. Formaban una pirámide sobre la fuente.
Juan
comía dentro de un arrebato de entusiasmo, lanzando miradas codiciosas al resto
de los pasteles, no sólo a los nueve de la fuente, sino a los que Ana había
dejado en la cocina.
-Veo
que realmente tienes hambre, esposo-dijo Ana-. Come con pausa, no vayas a
atorarte o a sufrir una indigestión. Los pasteles no van a volar del plato.
Juan
terminó el primer pastel y lanzó una expresión de placer. Se preparó para
trinchar el segundo, pero de pronto sucedió algo: se sintió lleno, mareado,
débil.
Ana
le preguntó:
-Esposo
¿qué te pasa? ¿Te sientes mal?
-Qué
llenura, mujer. Estos pasteles están muy suculentos. Desearía comérmelos todos,
mas no puedo. Mi estómago…
-Sí,
Juan, tu estómago ya no es el mismo de cuando eras joven. También debes
controlar la gula. Tuviste un acceso de gula. Querías comer diez pasteles y
sólo pudiste con uno y, para colmo, te enfermaste.
-Ay,
Ana, quiero acostarme. La cabeza me da vueltas. No puedo tenerme en pie. Ayúdame.
-¿Y
los pasteles? ¿Te los guardo para luego?
-Como
gustes. No quiero saber nada de pasteles.