lunes, 10 de octubre de 2016

El pueblo colombiano

El pueblo colombiano comienza en la pobreza y termina en la cobardía. Al norte presenta estrechez de ideas, entre este y oeste, anchura de superstición, al sur una cola de animal, como el último de los Aurelianos. En conclusión, somos un híbrido monstruoso entre indigencia y bestialidad.

Hay mucho mar, pero nos falta valor. Hay mucho monte, pero carecemos de honor. Tenemos todos los climas de la vanidad y todas las variedades de la pereza. Además, hay abundancia de conformismo y toda una cornucopia de vicios. Nos riegan todas las aguas de la mentira  y soplan todos los vientos de la violencia. 
 
Poseemos grandes yacimientos de maldad y extensos territorios de egoísmo. Nos uniforma y rige una sola constitución: el engaño. Un solo idioma nos aglomera: el esperpento. Nuestra fe es universalmente reconocida: el lucro personal.
 
Bebemos el desamor con la leche materna y respiramos fatalismo a espuertas.  Deletreamos el odio en la cartilla del miedo. Todas las enfermedades nos circundan, pero nos sostenemos por el antiguo ardid de la malicia. Nuestra talla promedio, chaparra. Apetito no nos falta. Nos gusta el cerdo y morimos perplejos.            

sábado, 1 de octubre de 2016

LA FABULA DE LOS PASTELES

A la hora de la cena, Ana le dijo a Juan:
-Esposo, he preparado pasteles, ¿cuántos te sirvo?
-Tengo gran apetito. Además, se ven deliciosos. Sírveme diez.
Ana observó:
-Los pasteles son de gran tamaño. He horneado bastantes. Con uno quedarías satisfecho. ¿De verdad deseas comerte diez?
-Como lo oyes, esposa. Lucen tan apetitosos esos pasteles. Se me ha desbocado el ansia. Podría dar cuenta de toda la bandeja. De veras, estoy hambriento. Sírvemelos sin tardanza.
Ana se los sirvió.
Juan se hallaba sentado a la mesa, con la servilleta prendida del cuello, el tenedor y el cuchillo en las manos, listo para trinchar.
Los pasteles despedían un olor delicioso. En su avidez, Juan olfateó como un perro de presa el vaporcillo de los pasteles y se embriagó con él.
-Ana-dijo-. Huelen tan rico estos pasteles que el solo olor incita y contenta el gusto.
-Los condimenté con las mejores especias, esposo. Los dejé en el horno el tiempo preciso. Los hice con amor.
-Ah, qué olor, qué olor, Ana. Me siento desfallecer. Tienes una sazón exquisita. Estos pasteles son dignos de un rey.
-Eres mi rey, Juan. Come.
-Sí que me los comeré. Hoy trabajé duro. Tengo apetito.
Y Juan trinchó una porción de pastel, que llevó a su boca en un gesto de suprema embriaguez.
-Qué sabroso-dijo-. Un verdadero manjar, Ana.
Ana observaba a Juan con una pizca de cautela. Qué glotón, pensaba.
Juan daba cuenta del primer pastel y ante sí, todavía humeantes, tenía los otros nueve. Formaban una pirámide sobre la fuente.
Juan comía dentro de un arrebato de entusiasmo, lanzando miradas codiciosas al resto de los pasteles, no sólo a los nueve de la fuente, sino a los que Ana había dejado en la cocina.
-Veo que realmente tienes hambre, esposo-dijo Ana-. Come con pausa, no vayas a atorarte o a sufrir una indigestión. Los pasteles no van a volar del plato.
Juan terminó el primer pastel y lanzó una expresión de placer. Se preparó para trinchar el segundo, pero de pronto sucedió algo: se sintió lleno, mareado, débil.
Ana le preguntó:
-Esposo ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal?
-Qué llenura, mujer. Estos pasteles están muy suculentos. Desearía comérmelos todos, mas no puedo. Mi estómago…
-Sí, Juan, tu estómago ya no es el mismo de cuando eras joven. También debes controlar la gula. Tuviste un acceso de gula. Querías comer diez pasteles y sólo pudiste con uno y, para colmo, te enfermaste.
-Ay, Ana, quiero acostarme. La cabeza me da vueltas. No puedo tenerme en pie. Ayúdame.
-¿Y los pasteles? ¿Te los guardo para luego?
-Como gustes. No quiero saber nada de pasteles.