El maestro
Había perfeccionado
el chulo. Con los años logró convertirlo en un chulo fino, estilizado, que
realizaba con un trazo fácil y preciso. Era un artista del chulo. Se regodeaba
en su obra. Y había colegas que no les gustaba el oficio, que les pesaba. No
los entendía. No era sino chulear. Un chulito aquí, otro allá, y listo. Trabajo
de rutina. Lo ejecutaba rapidito y tenía el resto del día para holgar, para ir
por ahí en busca de nenas. Las nenas le decían “tienes las manos frías”. Así
era. Les respondía: “Vengo de chulear. Los chulos son fríos. Imposible que no
se me contagie la frialdad, que mis manos no estén frías.” Qué van a entender
las nenas.
Así se ganaba la
vida, chuleando. Ahora tenía en turno los trabajos de varios escritores
jóvenes, piedra en el zapato del sistema. Aquí sí que iba a chulear a su gusto.
Un chulo aquí, otro allá. Empezaría con Julián Nieves, el más genial de todos.
Se relamía por chulear a este Julián Nieves.
Así se ganaba la vida.
No entendía a los colegas a los que les pesaba el oficio. ¿Habían hecho la
cuenta de lo que cada chulo representaba en dinero? Cada chulito significaba
plata. No era un experto en matemáticas, pero esto del billete le calaba en el
cerebro sin problemas. Le rendían los chulos. Ya tenía varias casas y una buena
finca. ¿Carro? Por supuesto. Y las nenas. Las nenas que sólo entienden de
billete. Bueno, no son unas tapias del todo.
Julián Nieves era
un chico listo. Sus teorizaciones versaban sobre el gobierno y la imposibilidad
de éste de llevar a cabo una verdadera revolución social. Sin ir más lejos,
Julián Nieves simpatizaba con la izquierda, era un comunistoide. Qué pena que
un joven tan brillante tuviese unas ideas tan vetustas.
Entre los
comunistoides sí que se había dado gusto chuleando. Vaya que sí. Y ahora le
tocaba el turno al joven Julián Nieves. Con éste llevaría el chulo a la
quintaesencia. Haría un trabajo celestial. Sus colegas quedarían sorprendidos
del refinamiento alcanzado en el chuleo.
Ya le conocía los
rumbos a Julián Nieves. Todas las tardes iba a un club del centro a jugar
ajedrez. Era un chico listo, vaya que sí. Una mente aquilatada. Pero era una
piedra en el zapato del sistema. El último escrito en la columna del periódico local
había sido virulento. Atacaba al propio presidente, tachándolo de cretino.
Había que ponerle freno a Julián Nieves. Era asunto decidido. Chulo.
Chulo aquí, chulo
allá, esa era su vida. Y las nenas. Así se iba yendo. Era asiduo a los bares,
esos modernos sustitutos del paraíso, según su opinión. En un bar encontraba
todo, las nenas, el whisky, una cama. Era conocido en varios de estos sitios.
Sabían a qué se dedicaba, y lo trataban con respeto. Era el maestro del chulo.
Y ahora tenía en turno a Julián Nieves.
Reía consigo mismo
recreándose por anticipado del trabajo de Julián Nieves, chico listo. Ya te
está cayendo la nieve, Julián, toda la nieve del mundo. Quedarás más frío que
el hielo del ártico. Y se reía de sus ocurrencias.
Sin embargo, Julián
Nieves se le evadía, escapaba al esquema del chulo corriente. Era un muchacho
que parecía existir y no existir al mismo tiempo. Parecía que viviera en las
nubes, en estratos donde es difícil sustentar los pies. Incluso cuando visitaba
el club de ajedrez, un aire en él, una especie de nimbo sutil, sugería
antípodas. Julián Nieves no está aquí, decía ese aire transoceánico que lo
aureolaba. Y era cierto. Sólo pestañear y Julián Nieves ya no estaba allí,
había desaparecido. Se le había evadido ante sus propias narices. Julián Nieves
tenía el don de la evanescencia.
Qué problema con
este chulo.
Algo tan sencillo y
se le estaba complicando. Hacer un chulo, lo más sencillo del mundo. Tirar la
figurita ahí, acostarla y decirse: “buen trabajo.” Algo tan fácil, oficio
rutinario, y se le estaba complicando. Es que, después de todo, ¿un chulo es
algo más que un chulo? ¿Existen diversas tonalidades de chulo? Este Julián
Nieves parecía sugerirle esto. Como que no era tirar la figurita simplemente y
decirse “buen trabajo.” Como que había algo más.
Claro que había
algo más: conocer los antecedentes de la persona, seguirle los pasos, planear
el golpe. Julián Nieves estaba más que clasificado. Era esa clase de sujeto que
no le conviene al estado. Un indeseable. No era un intelectual engreído, no. Era
más bien un hombre modesto. Pero tenía demasiada conciencia social. En todos
sus escritos había un tono mordaz, un impulso disgregador, una denuncia. Era un
artista de la paradoja. Por este medio, calaba hondo en los lectores.
Era peligroso este
Julián Nieves. Con ese aire anónimo y ese aspecto simplón, era peligroso. Era
un iconoclasta, un enemigo del sistema. El día se le iba en la biblioteca,
leyendo y escribiendo. Después se daba una pasada por el club de ajedrez. Más
tarde se iba a su apartamento. Una vida desobligada, sin ataduras. Un
provocador. Eso era Julián Nieves. Un provocador.
Un provocador no es
un buen ejemplo, es peligroso. Más aún si escribe en un periódico, si sus
escritos levantan ampolla. Y así era Julián Nieves. Tenía la varita para
escribir y causar efecto. Había ganado simpatizantes, pero también detractores.
Unos y otros dirigían mensajes al periódico, los primeros en son de elogio; los
segundos, pidiendo que callaran a ese lenguaraz.
Y ahora a él le
tocaba ese trabajo: chulear a Julián Nieves. En eso andaba. Lo seguía. Se
camuflaba entre la variopinta multitud de asiduos al club de ajedrez y lo
espiaba. No era un chulo fácil. De la que se habían librado los colegas. Este
chulo sí que resultaba pesado. Seguirlo por las calles era un acto que ponía a
prueba el valor del más paciente. Se demoraba en una plaza observando las
palomas, se detenía ante un árbol y pasaba la mano por el tronco, como si
examinara la textura de la corteza; trababa conversación con un lustrabotas o
un tinterillo y parecía no importarle el curso del reloj. En la biblioteca, se
quedaba horas en un cubículo de estudio, solo, sin interesarse por cortejar a
todas esas nenas que se movían por ahí. A él en cambio se le iban los ojos y
las ganas tras esas apetitosas redondeces. ¡Ah, las nenas! Eso sí era vida.
Pobre Julián, de lo que se perdía por andar con la cabeza metida en los libros.
De verdad que hasta le daba verraquera ese muchacho. ¿Es que todos los chulos
no eran iguales? Como que no.
II
Julián Nieves tenía
un amigo, el Mister. Se veían en el club de ajedrez. Julián Nieves sentía gran
simpatía por el Mister, y el Mister respondía con ingenua bondad a esa
simpatía. Julián Nieves había hecho el propósito de acompañar al Mister hasta
que éste superara el dolor. Se había propuesto sacarlo a flote de la tragedia
que lo aplastaba. Y es que, en el momento menos pensado, el Mister rompía en
lágrimas. Sacaba de la billetera la foto de una mujer, la besaba y lloraba
inconsolable. Y era entonces cuando acudía Julián Nieves con sus buenos
oficios, rescatando al Mister de la tristeza. Se lo llevaba a la plaza de las
palomas, junto al surtidor, y allí permanecían un buen rato, hablando. Y esto
sosegaba al Mister.
Julián Nieves le
hablaba al Mister de que el presidente era un cretino, de que el estado, además de criminal, es ladrón. El
Mister se mostraba entusiasta con las explicaciones de Julián. El Mister era un
hombre sencillo, sin mucho estudio, que trabajaba en una fábrica.
Julián y el Mister
se reunían en el club de ajedrez y compartían un café o un refresco. Por
supuesto, jugaban varias partidas, en las que Julián salía vencedor tres de
cinco oportunidades.
Él tenía que
chulear a Julián Nieves, y ahora asistía al desenvolvimiento de su amistad con
el Mister, una cosa entre grande y trivial. Pero, ¿qué es la amistad? Él, por
su parte, no tenía amigos. No sabía lo que era eso. Cuando se es un chuleador
no se tienen amigos. Se tienen colegas. Colegas de los que uno no se fía. Él no
se fiaba de nadie. No se fiaba de la familia. No se fiaba de las nenas. De estas
menos que de nadie. Sólo se fiaba de los chulos. Los chulos eran de su entera
confianza.
A veces, sin
embargo, no quería saber nada de chulos. Quería sentirse libre, ir por ahí,
hacer el holgazán.
Se iba tras Julián
Nieves y el Mister, sabiendo que debía chulear al primero y, quizás de paso,
también al segundo. ¿Cómo iba a dejar al Mister sin su amigo? Mejor chulearlos
a los dos.
Por andar siguiendo
a Julián Nieves, ya entendía una migaja el ajedrez, ese juego al que nunca le
había prestado atención. Tenía su gracia. Era cuestión de chulear al rey,
derrumbar la figurita y decirse “buen trabajo.” La reina y las torres eran las
nenas del convite. La reina era la más empingorotada y la más poderosa. Sí, el
ajedrez tenía su gracia.
La tristeza del
Mister se debía a la muerte de la esposa, a quien él llamaba “mi cachetona”. La
había arrollado un auto. Dejó cinco hijos, por fortuna todos criados, muchachos
despiertos, trabajadores. También dejó al Mister, un buen marido, un hombre
alegre y cariñoso. Dejó la vida, esa cosa compleja y simple al tiempo, que casi
nadie entiende, con la que todo el mundo debe lidiar todos los días.
Aunque Julián
Nieves tenía mucho de misántropo, poseía la cualidad de hacer amigos
fácilmente. Era así como se había liado con el Mister, que también era dulce
para los camaradas.
Y así él, que debía
chulearlos (pues se había propuesto hacer el trabajo completo, para no dejar
penando al Mister por la ausencia de Julián), los seguía de aquí para allá como
un perro faldero. Una dupleta de chulos hermosa, Julián y el Mister. Se
relamía.
Ignoraba que él era
seguido a su vez por Alguien, que se pirraba por convertirlo en chulo, por
tirar la figura y decirse “buen trabajo”.
Alguien resultó el
salvador providencial de Julián y del Mister. Era uno de esos tipos
sanguinarios, con un acendrado dominio de las llamadas armas blancas, al punto
que hubiese podido trabajar en un circo lanzando puñales a una diana giratoria
donde una hermosa mujer está atada. Alguien conocía a la perfección la ciencia
del chulo, y había decidido cargarse al otro chuleador. Así que el asunto
quedaba entre carroñeros de alta gama, unos buitres sin parangón.
Y así fue. Mientras
Julián Nieves y el Mister jugaban una entretenida partida de ajedrez o veían
escanciarse el milagro del tiempo en la plaza de las palomas, un chulo rodó por
el piso en un infecto burdel. Y Alguien se ganó con méritos el título de Rey
del Chulo. Porque había chuleado (¡Y tan finamente!) al monarca reinante. A rey
muerto, rey puesto. Y sanseacabó.
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