domingo, 18 de septiembre de 2016

El maestro

Había perfeccionado el chulo. Con los años logró convertirlo en un chulo fino, estilizado, que realizaba con un trazo fácil y preciso. Era un artista del chulo. Se regodeaba en su obra. Y había colegas que no les gustaba el oficio, que les pesaba. No los entendía. No era sino chulear. Un chulito aquí, otro allá, y listo. Trabajo de rutina. Lo ejecutaba rapidito y tenía el resto del día para holgar, para ir por ahí en busca de nenas. Las nenas le decían “tienes las manos frías”. Así era. Les respondía: “Vengo de chulear. Los chulos son fríos. Imposible que no se me contagie la frialdad, que mis manos no estén frías.” Qué van a entender las nenas.

Así se ganaba la vida, chuleando. Ahora tenía en turno los trabajos de varios escritores jóvenes, piedra en el zapato del sistema. Aquí sí que iba a chulear a su gusto. Un chulo aquí, otro allá. Empezaría con Julián Nieves, el más genial de todos. Se relamía por chulear a este Julián Nieves.   

Así se ganaba la vida. No entendía a los colegas a los que les pesaba el oficio. ¿Habían hecho la cuenta de lo que cada chulo representaba en dinero? Cada chulito significaba plata. No era un experto en matemáticas, pero esto del billete le calaba en el cerebro sin problemas. Le rendían los chulos. Ya tenía varias casas y una buena finca. ¿Carro? Por supuesto. Y las nenas. Las nenas que sólo entienden de billete. Bueno, no son unas tapias del todo.

Julián Nieves era un chico listo. Sus teorizaciones versaban sobre el gobierno y la imposibilidad de éste de llevar a cabo una verdadera revolución social. Sin ir más lejos, Julián Nieves simpatizaba con la izquierda, era un comunistoide. Qué pena que un joven tan brillante tuviese unas ideas tan vetustas.

Entre los comunistoides sí que se había dado gusto chuleando. Vaya que sí. Y ahora le tocaba el turno al joven Julián Nieves. Con éste llevaría el chulo a la quintaesencia. Haría un trabajo celestial. Sus colegas quedarían sorprendidos del refinamiento alcanzado en el chuleo.

Ya le conocía los rumbos a Julián Nieves. Todas las tardes iba a un club del centro a jugar ajedrez. Era un chico listo, vaya que sí. Una mente aquilatada. Pero era una piedra en el zapato del sistema. El último escrito en la columna del periódico local había sido virulento. Atacaba al propio presidente, tachándolo de cretino. Había que ponerle freno a Julián Nieves. Era asunto decidido. Chulo.          
       
Chulo aquí, chulo allá, esa era su vida. Y las nenas. Así se iba yendo. Era asiduo a los bares, esos modernos sustitutos del paraíso, según su opinión. En un bar encontraba todo, las nenas, el whisky, una cama. Era conocido en varios de estos sitios. Sabían a qué se dedicaba, y lo trataban con respeto. Era el maestro del chulo. Y ahora tenía en turno a Julián Nieves.

Reía consigo mismo recreándose por anticipado del trabajo de Julián Nieves, chico listo. Ya te está cayendo la nieve, Julián, toda la nieve del mundo. Quedarás más frío que el hielo del ártico. Y se reía de sus ocurrencias.

Sin embargo, Julián Nieves se le evadía, escapaba al esquema del chulo corriente. Era un muchacho que parecía existir y no existir al mismo tiempo. Parecía que viviera en las nubes, en estratos donde es difícil sustentar los pies. Incluso cuando visitaba el club de ajedrez, un aire en él, una especie de nimbo sutil, sugería antípodas. Julián Nieves no está aquí, decía ese aire transoceánico que lo aureolaba. Y era cierto. Sólo pestañear y Julián Nieves ya no estaba allí, había desaparecido. Se le había evadido ante sus propias narices. Julián Nieves tenía el don de la evanescencia. 

Qué problema con este chulo.

Algo tan sencillo y se le estaba complicando. Hacer un chulo, lo más sencillo del mundo. Tirar la figurita ahí, acostarla y decirse: “buen trabajo.” Algo tan fácil, oficio rutinario, y se le estaba complicando. Es que, después de todo, ¿un chulo es algo más que un chulo? ¿Existen diversas tonalidades de chulo? Este Julián Nieves parecía sugerirle esto. Como que no era tirar la figurita simplemente y decirse “buen trabajo.” Como que había algo más.

Claro que había algo más: conocer los antecedentes de la persona, seguirle los pasos, planear el golpe. Julián Nieves estaba más que clasificado. Era esa clase de sujeto que no le conviene al estado. Un indeseable. No era un intelectual engreído, no. Era más bien un hombre modesto. Pero tenía demasiada conciencia social. En todos sus escritos había un tono mordaz, un impulso disgregador, una denuncia. Era un artista de la paradoja. Por este medio, calaba hondo en los lectores.

Era peligroso este Julián Nieves. Con ese aire anónimo y ese aspecto simplón, era peligroso. Era un iconoclasta, un enemigo del sistema. El día se le iba en la biblioteca, leyendo y escribiendo. Después se daba una pasada por el club de ajedrez. Más tarde se iba a su apartamento. Una vida desobligada, sin ataduras. Un provocador. Eso era Julián Nieves. Un provocador.

Un provocador no es un buen ejemplo, es peligroso. Más aún si escribe en un periódico, si sus escritos levantan ampolla. Y así era Julián Nieves. Tenía la varita para escribir y causar efecto. Había ganado simpatizantes, pero también detractores. Unos y otros dirigían mensajes al periódico, los primeros en son de elogio; los segundos, pidiendo que callaran a ese lenguaraz.

Y ahora a él le tocaba ese trabajo: chulear a Julián Nieves. En eso andaba. Lo seguía. Se camuflaba entre la variopinta multitud de asiduos al club de ajedrez y lo espiaba. No era un chulo fácil. De la que se habían librado los colegas. Este chulo sí que resultaba pesado. Seguirlo por las calles era un acto que ponía a prueba el valor del más paciente. Se demoraba en una plaza observando las palomas, se detenía ante un árbol y pasaba la mano por el tronco, como si examinara la textura de la corteza; trababa conversación con un lustrabotas o un tinterillo y parecía no importarle el curso del reloj. En la biblioteca, se quedaba horas en un cubículo de estudio, solo, sin interesarse por cortejar a todas esas nenas que se movían por ahí. A él en cambio se le iban los ojos y las ganas tras esas apetitosas redondeces. ¡Ah, las nenas! Eso sí era vida. Pobre Julián, de lo que se perdía por andar con la cabeza metida en los libros. De verdad que hasta le daba verraquera ese muchacho. ¿Es que todos los chulos no eran iguales? Como que no.


II

Julián Nieves tenía un amigo, el Mister. Se veían en el club de ajedrez. Julián Nieves sentía gran simpatía por el Mister, y el Mister respondía con ingenua bondad a esa simpatía. Julián Nieves había hecho el propósito de acompañar al Mister hasta que éste superara el dolor. Se había propuesto sacarlo a flote de la tragedia que lo aplastaba. Y es que, en el momento menos pensado, el Mister rompía en lágrimas. Sacaba de la billetera la foto de una mujer, la besaba y lloraba inconsolable. Y era entonces cuando acudía Julián Nieves con sus buenos oficios, rescatando al Mister de la tristeza. Se lo llevaba a la plaza de las palomas, junto al surtidor, y allí permanecían un buen rato, hablando. Y esto sosegaba al Mister.

Julián Nieves le hablaba al Mister de que el presidente era un cretino, de que  el estado, además de criminal, es ladrón. El Mister se mostraba entusiasta con las explicaciones de Julián. El Mister era un hombre sencillo, sin mucho estudio, que trabajaba en una fábrica.

Julián y el Mister se reunían en el club de ajedrez y compartían un café o un refresco. Por supuesto, jugaban varias partidas, en las que Julián salía vencedor tres de cinco oportunidades.  

Él tenía que chulear a Julián Nieves, y ahora asistía al desenvolvimiento de su amistad con el Mister, una cosa entre grande y trivial. Pero, ¿qué es la amistad? Él, por su parte, no tenía amigos. No sabía lo que era eso. Cuando se es un chuleador no se tienen amigos. Se tienen colegas. Colegas de los que uno no se fía. Él no se fiaba de nadie. No se fiaba de la familia. No se fiaba de las nenas. De estas menos que de nadie. Sólo se fiaba de los chulos. Los chulos eran de su entera confianza.  


A veces, sin embargo, no quería saber nada de chulos. Quería sentirse libre, ir por ahí, hacer el holgazán.

Se iba tras Julián Nieves y el Mister, sabiendo que debía chulear al primero y, quizás de paso, también al segundo. ¿Cómo iba a dejar al Mister sin su amigo? Mejor chulearlos a los dos.


Por andar siguiendo a Julián Nieves, ya entendía una migaja el ajedrez, ese juego al que nunca le había prestado atención. Tenía su gracia. Era cuestión de chulear al rey, derrumbar la figurita y decirse “buen trabajo.” La reina y las torres eran las nenas del convite. La reina era la más empingorotada y la más poderosa. Sí, el ajedrez tenía su gracia.  

La tristeza del Mister se debía a la muerte de la esposa, a quien él llamaba “mi cachetona”. La había arrollado un auto. Dejó cinco hijos, por fortuna todos criados, muchachos despiertos, trabajadores. También dejó al Mister, un buen marido, un hombre alegre y cariñoso. Dejó la vida, esa cosa compleja y simple al tiempo, que casi nadie entiende, con la que todo el mundo debe lidiar todos los días.

Aunque Julián Nieves tenía mucho de misántropo, poseía la cualidad de hacer amigos fácilmente. Era así como se había liado con el Mister, que también era dulce para los camaradas.

Y así él, que debía chulearlos (pues se había propuesto hacer el trabajo completo, para no dejar penando al Mister por la ausencia de Julián), los seguía de aquí para allá como un perro faldero. Una dupleta de chulos hermosa, Julián y el Mister. Se relamía.

Ignoraba que él era seguido a su vez por Alguien, que se pirraba por convertirlo en chulo, por tirar la figura y decirse “buen trabajo”.

Alguien resultó el salvador providencial de Julián y del Mister. Era uno de esos tipos sanguinarios, con un acendrado dominio de las llamadas armas blancas, al punto que hubiese podido trabajar en un circo lanzando puñales a una diana giratoria donde una hermosa mujer está atada. Alguien conocía a la perfección la ciencia del chulo, y había decidido cargarse al otro chuleador. Así que el asunto quedaba entre carroñeros de alta gama, unos buitres sin parangón.

Y así fue. Mientras Julián Nieves y el Mister jugaban una entretenida partida de ajedrez o veían escanciarse el milagro del tiempo en la plaza de las palomas, un chulo rodó por el piso en un infecto burdel. Y Alguien se ganó con méritos el título de Rey del Chulo. Porque había chuleado (¡Y tan finamente!) al monarca reinante. A rey muerto, rey puesto. Y sanseacabó.    
 


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