LOS RECTORES QUE ESCRIBEN CARTAS
El coronel Aureliano esperó una carta una infinidad de años y puede decirse que murió esperándola. Jamás le escribieron la anhelada notificación donde le informaban que podía cobrar la pensión. No es que los funcionarios del gobierno sean tarados, que no sepan escribir, es que escriben a quien les da la gana.
Sobre todo al finalizar el año lectivo, los rectores de los colegios suelen escribir cartas. Se las dirigen a profesores a los que "liberan" de la plaza, tal es el eufemismo que emplean, pero que en lenguaje raso significa que los despiden, que los echan. Se lavan las manos aduciendo que son disposiciones de la Secretaría de Educación, lo cual no deja de ser verdad.
La rectora del colegio Ramón Giraldo Ceballos, la señora Claudia Boada, me escribió una carta al terminar el año.
Es ella una santandereana poco sociable con los profesores, bastante irritable, al parecer muy rezandera, pues se mantiene en constante contacto con los párrocos de la vecindad, de manera que el estudiantado y los profesores deben ir a misa varias veces al año. Y a los educadores se les solicita a menudo colaboraciones económicas o en especie para asistir bazares o actividades parroquiales.
En dos años que estuve en dicha institución, fui varias ocasiones a misa y a otros tantos bazares donde lo recolectado era para "el padre". "El padre" como que tiene mucho predicamento en el colegio, la rectora lo menciona a menudo, le sigue la corriente, se afana por no irritarlo. La rectora es auxiliada por profesores devotos y solidarios, que hacen la colecta para los bazares y para cuanta cosa se les ocurre, desde un regalo para una colega incapacitada hasta un detallito para la psicóloga que cumple años.
Hasta el último instante, en la reunión de profesores previa a la salida a vacaciones, no supe que la rectora me había escrito una carta. Fue el último día, jueves 27 de noviembre, después de la frijolada de despedida, donde todos comieron de lo lindo, una bandeja típica descomunal, según me dijeron algunos compañeros. Hasta a los de servicios varios y a los trabajadores que reparaban los techos les tocó el copioso almuerzo. Yo no me atreví a acercarme a la cocina por un plato, aunque el llamado a comer fue general y todo el mundo pasaba con su "cocao", pues el día anterior no me anoté en la lista que uno de los profesores elaboraba con los que darían la cuota de la frijolada. Me pareció indelicado comer si no había echo el aporte.
En dicha reunión, la rectora anunció en voz alta la carga académica que cada profesor tendría el año entrante, de modo que los que no fuimos nombrados nos dimos cuenta, entre un suspenso y un silencio poco grato y yo diría indecoroso, cruel, de que habían prescindido de nosotros, de que nos habían "liberado", de que no seguiríamos en el colegio el año siguiente.
Fue así, de manera inesperada, tajante, en medio de todo el profesorado, como la rectora me avisó. No hubo un diálogo previo, un llamado de atención, una explicación. Entiendo que en las carreras por rematar el año, por los grados, por las notas, por la papelería, no se tenga mucho tiempo para esto y aquello. Pero hay formas decentes de hacer las cosas.
Una vez hecho su anuncio, la rectora preguntó si alguien tenía algo que decir. Casi nadie dijo nada. La rectora dijo de mí: "el profesor no chocó nunca con ningún alumno , aquí hay profesores que se dirigen a los estudiantes en un tono inadecuado, pero el profesor nunca chocó." Cuando dio por terminada la reunión y yo salía ya del aula, me llamó con un grito. Era para darme la carta. En el último instante. Después de que yo estuve allí dos años sin que ella jamás me llamara a hablar sobre mi labor.
No sé con qué criterios determinó mi salida. Si consultó con los estudiantes a ver qué tipo de profesor era yo. Si solo consideró su propio parecer y el de la coordinadora o si fue por decisión del Consejo Directivo. No lo sé. La rectora no estimó necesario confiarme por qué conducto o circunstancias "liberó" mi plaza. No peco de jactancioso si digo que, de haberles preguntado a los estudiantes sobre mi forma de enseñar y de tratarlos, hubiesen dado un buen concepto de mí.
La rectora dio la asignación académica que yo traía a otros profesores, entre los que se cuenta una maestra que sólo lleva unos tres o cuatro meses, quizás menos, en el colegio, mientras que yo venía trabajando hacía dos años. No sé si la variable de antiguedad tenga algún mérito en este caso. No hablo de idoneidad. Eso no me toca decirlo a mí. La hoja de vida es el respaldo de cada educador. Otra cosa es el tipo de vinculación. Sé que la rectora sostiene a capa y espada en su nómina a un profesor provisional. Prefiere entregar la plaza de un maestro en propiedad que la de este provisional. No tengo nada contra este señor. Sólo manifiesto un hecho.
Otro hecho constatable, este año yo tenía veinticuatro horas de clase a la semana, mientras que hubo otros profesores que, sin ser, como yo, directores de grupo, tenían cargas académicas aligeradas.Así que no puede objetarse que yo no trabajaba. La rectora puede confirmar que jamás le pedí un permiso para nada, ni dejé de asistir al colegio un solo día, en tanto eso es allí la feria de los permisos y las incapacidades, con decir que la coordinadora se fue dos semanas de vacaciones a Cancún en pleno octubre. Muy formalita la coordinadora, nos trajo chocolates.
El programa bandera de la rectora, según ella misma afirma, es el proyecto de convivencia, negociación de conflictos. Extraño que no haya utilizado este recurso para tratar con los educadores que "liberó". Al menos conmigo no lo usó.
Al finalizar el año la rectora le metió mucha pólvora (incluso mandó confeccionar unos costosos disfraces con las figuras, pero nunca tenía plata para arreglar las puertas de los salones, casi todas desgonzadas y algunas ausentes) a un proyecto de ajedrez liderado por un profesor de primaria, con el que el colegio concursaría en unos premios al maestro. La señora Claudia, a falta de otra idea mejor, con su natural temperamento santandereano, casi que obligaba a los maestros a vestirse los disfraces de figuras de ajedrez en las diversas demostraciones que, muy pagada de su proyecto, dio a quien interesaba y a quien no. Más de un profesor se llevó un grito santandereano al mostrarse remiso a vestirse el disfraz de alfil o peón. Gente que en su vida ha sabido lo que es el ajedrez, por no contradecir a la rectora, tal vez porque no "liberaran" su plaza, se vistieron varias veces, contra su voluntad, como unos grotescos figurones.
Y luego faltó altura para comunicar a la comunidad educativa el resultado de tan esperanzador proyecto de ajedrez, el cual no obtuvo ni siquiera mención, porque otros colegios, con trabajos mejor estructurados, se llevaron los honores. La rectora guardó silencio culposo al respecto, cuando en la faceta de promoción del proyecto fue tan activa y exigente. Tuvo que decirnos, en esa última reunión, o en cualquier otro momento, cómo se fracasó con lo de ajedrez. Pero no lo dijo. Nos dimos cuenta del fiasco por medio del profesor abanderado, quien nos transmitió la noticia de la descalificación a dos o tres con quienes departía.
Así no se hacen las cosas. El proyecto de ajedrez murió como nació, como un fruto sin autenticidad, una improvisación. En los dos años que trabajé allí nunca vi que este juego fuese algo raizal en la institución. Se hizo ruido con eso mientras se reunían las evidencias para el jurado. Entonces, por unas semanas, se vio al profesor impulsando el ajedrez con unos poco niños de primaria, sólo con ellos, porque la cosa no tuvo eco en bachillerato. Luego no se lo vio más, y creo que no se lo verá. Porque el ajedrez en la Ramón Giraldo no hace parte de una estrategia pedagógica seria.
Todas las cosas que se hagan de ese modo están destinadas al fracaso. Y a la rectora le cabe responsabilidad en ello, porque le faltó una valoración profunda de los alcances del proyecto de ajedrez, y se entregó a un fácil entusiasmo. Y luego no dio la cara a la derrota.
Es que creo que a la rectora le falta mucho en lo que tiene que ver con liderazgo académico, intelectual, cultural. Porque todo no es llevarles a los chicos reguetón y vallenato, o darles un paseo anual a un parque recreativo.
Hay que convencerse de que los rectores deben escribir, leer, tratar temas de impacto social y cultural, así es como se puede dar una buena educación a los jóvenes, no patrocinando misas y bazares parroquiales, fútbol y porristas.
Desde que ni siquiera haya el ambiente del libro, estamos muy mal. Y así están las cosas en la Ramón Giraldo.
Por eso sólo hay capacidad para escribir lapidarias cartas de despido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario