martes, 4 de abril de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 21. Anagramas.)

En un cuaderno de aquellos años, escribí los anagramas de Magi: "Gima", "agim", "miag", "amig", "gami", "igam", "maig", "igma". Es el mismo cuaderno donde aparece cómo saldé mis deudas de dinero con ella, a punto de su viaje a la costa. Nos encontramos en el terminal de transportes, cuando  compraba los tiquetes. Se marcharía esa noche. Una vez empecé a trabajar, hice una lista de mis acreedores. A Magi le pagué de última. Siempre me tranquilizó diciéndome que no necesitaba ese dinero, que le pagara cuando pudiese. A veces era un tris presuntuosa. Ya por aquel tiempo consideraba que su psicología obedecía a un mecanismo simple, pero no dejaba de cuestionarme el complejo diagrama con que su personalidad aturdía mi espíritu. "Gima", "agim", "igam", de verdad que la ciencia anagramática, esta especie de cábala personal, de lúdica linguística, no me daba signos reveladores del ser de Magi, y mucho menos de mi actuar con ella. El que le pagara un dinero, un escrúpulo de moralidad intachable, no significaba nada para Magi. Que no la entendiera, que no me uniese a su causa, que fuese tan seco, el asunto era por ahí. Años después, revisando el apunte, aún añadí otro anagrama a los existentes: ""amgi". Que las durezas de la vida no nos priven de la gracia del juego: "iamg". Antes de esto, la visité en Rionegro. Esa noche no ocurrió nada extraordinario. Ella preparó la cena (el plato principal eran los fríjoles) y nos sentamos a comer en la sala, donde su hijito, un pequeño Atila, mantenía un perenne trastorno de juguetes, cojines, revistas, lápices, hojas estrujadas, plastilinas cuadernos. Cenamos con apetito. Magi comía y conversaba, pendiente del niño, que permanecía sentado en el suelo, señoreando su propio reino de desorden, con un plato de comida entre las piernas. Magi no se había cambiado de ropa. Su rostro transparentaba la fatiga de un duro día de trabajo. Al parecer, no encajaba mucho en el arquetipo de ama de casa organizada y eficiente. Saltaba a la vista su inexperiencia. Llevar bien una casa era una labor que excedía sus fuerzas, así viviera sola con su criatura. El resto de la vivienda no presentaba un aspecto más limpio que el del recibidor. Magi vivía entre las prisas de su empleo y las obligaciones con su hijo. Encaraba con cierto disgusto las faenas culinarias, las de limpieza, el lavado, la planchada. Esta suerte de flojera me sorprendió negativamente. Se alegró con mi visita. Era una grata alteración a la penosa rutina. Solía sentirse proscripta en Rionegro, abandonada de deudos y amigos. Era el tipo de mujer que no resiste la vida solitaria, que necesita la proximidad (así fuera telefónica) de personas con quienes platicar. Más en esta época, cuando padecía un gran vacío afectivo. Decía que no la preocupaba el que su niño creciera sin un papá. Esto no iba a ocurrir. El niño veía regularmente a su progenitor. En este sentido todo discurría por buen cauce. Lo que corroía a Magi era la incertidumbre de reorganizar su existencia, el ansia de encontrar un asidero amable al mundo, el sueño de volver a amar y ser amada. Esta incertidumbre era su signo. La telefoneé desde el lluvioso parque de Rionegro. Me dio las señas para llegar a su casa. Tomé un taxi que me condujo (a través del frío y de la lluvia) al modesto barrio donde Magi vivía. Ella vino a esperarme frente a la parada del taxi. Agradecí su presencia, la lealtad de esta figurita femenina conmigo, la vigilia de ese cuerpo, de esos ojos, de esas manos, aguardándome en la niebla de un paraje destemplado, casi irreal. Observé con asombro su pequeña y rolliza fisonomía. Enfrenté esos ojos suyos, donde sentí latir un ansia subterránea. Traía puesto un saco. Me saludó con afecto y me llevó hasta su domicilio, que distaba solo unos metros de allí, situado en un segundo piso. A mi pesar, me comportaba secamente cortés. Nunca he dejado de interrogarme sobre los verdaderos motivos que me impulsaban a buscar a Magi, a entrevistarme con ella, a sostener diálogos, a compartir horas de las que casi siempre me despegaba con una absurda sensación de incomodidad. Habrá que llamar a eso, llanamente, amistad. Supongo que también existían muchos instintos ególatras, grandes porciones de sado-masoquismo en estos arranques de buscarla. Confieso que todo el tiempo aguardé una propuesta sensual de parte de Magi, un ruego, un desenmascararse. Esa noche, en la gélida habitación donde me instaló, solo en el blando lecho, bajo las mantas que apenas lograban ahuyentar el frío, esperé su ofensiva, la resolución de la mujer fustigada (y a la vez reprimida) por un deseo inconfesado. Me aterra pensar que yo jugaba con la soledad de Magi, que me ensañaba con un maligno disfrute de su impotencia. Hoy no tengo reparos en declarar que mi rechazo de Magi se basaba en motivaciones tan infames como su escasa estatura, su tendencia a la obesidad, su cutis graso. Quizás estas solo fueran razones accesorias. En el fondo, lo que me ponía en guardia, lo que me endurecía, era el sentirme paño de lágrimas. Y, sobre todo, el patetismo de los actos con que Magi intentaba la seducción. Jamás penetraré del todo el alma de esta mujer. Miro esa noche con la serenidad que me confiere la certeza del tiempo abolido. Extiendo la mirada hacia el sinnúmero de hechos, de conexiones, de secretos movimientos que fueron preparando el clímax y la ruptura en mi relación con Magi. Hoy pienso que todo partió de un sobrentendido, de un deplorable equívoco, de una ligereza. No me atrevo a asegurar que yo haya sido más maduro que ella. Nos faltó ser sinceros. Nos conocimos en una etapa en que la soledad nos viciaba a los dos, por eso, quizás, fui tan duro. Agradezco que esa noche (estuvimos solos, en noche lluviosa, el niño durmiendo angelicalmente) no hubiese ocurrido nada que después lamentáramos: la posesión física, el arrebato pasional, la insoportable constatación de que todo lo nuestro, más que amistad, no consistió sino en una hipócrita ansiedad de sexo. Esa noche pasó, limpia, bajo el conjuro de la lluvia. Al día siguiente, los corazones amanecieron menos turbios. "Amig".