jueves, 16 de enero de 2020

Mi amigo Pastor se llamaba Gustavo

Mi amigo Pastor se llamaba Gustavo. No sé cuándo se me ocurrió llamarlo Pastor, pero así lo llamé mucho tiempo. ¿A qué debo esa laguna? No lo sé. Tal vez un día vi una foto suya en una revista y leí Pastor al pie del nombre, aunque el referente y la denominación no tuviesen relación. No sé. Debió ser algo así, una desatención. 

Nuestro trato no fue asiduo, más bien escaso y, con mayor precisión, evasivo. Así que no tuve muchas oportunidades de salvar la laguna. Pastor por aquí, Pastor por allá. Un club de ajedrez del centro era el lugar de coincidencia. Pastor tenía algo que ver con la propiedad o la administración de ese negocio.Yo iba allí solo de vez en cuando. Algunas veces veía a Pastor jugando una partida con un amigo, o lo veía en una mesa, entre una sarta de jugadores, apostando a las cartas; también, con más frecuencia, lo veía conversando. Pastor era un gran conversador. Es la impresión que tengo ahora, aunque nunca nos fue dado, salvo una o dos veces, conversar.

Hoy, pese a saber su nombre (Gustavo), sigo llamándolo Pastor. Pastor enfermó, la vida lo redujo a una silla de ruedas, murió. ¿Qué pastorea hoy mi amigo Pastor? La memoria, guardada en dos o tres amorosos rincones. Es lo que pastoreamos al final, todos. 

Hoy rindo honores a ese hombre culto, devoto impulsador del ajedrez, conversador innato que sólo una vez conversó conmigo, con quien conversé y converso, mentalmente, en monólogo, innúmeras veces. 

Hoy recuerdo que se llamaba Gustavo, que es con este nombre como la sociedad lo instauró en la memoria colectiva. Tal vez yo no haga parte de esa sociedad, porque yo lo llamé y lo sigo nombrando Pastor. 

No es raro que me ocurran estas rarezas.