He oído que el Salto
de Magallo, atractivo turístico de Concordia, ha sido comprado por una empresa
electrificadora. He visto en las redes sociales el rechazo que esto ha generado
entre las gentes que aman al municipio. Las voces contrarias son múltiples. Sumo
la mía a estas. ¿Qué si conozco el Salto de Magallo? Claro. No he estado al
pie, sintiendo en la cara el vapor de agua espolvoreado por la brisa, pero sí he
visto muchas veces desde la carretera la cascada que se despeña entre el verde
del paisaje de montaña. ¡Magallo! Magallo ha estado en mí desde siempre, como
la Piedra del Gallinazo, como la Comiá. Antes de ser Salto, Magallo es una
quebrada. Cuántas veces chapoteé en sus aguas, cazando renacuajos, alborotando
con mis amigos. De la Quinta de los Quijano era muy fácil bajar hasta Magallo,
lo mismo desde el Liceo. Seguía siendo Magallo la corriente que, más abajo, por
la Almidonera, se conchababa con nuestras ansias de bañistas. Como goleros
friolentos nos tendíamos en las rocas que salpicaban el cauce y el sol nos
consentía con sus rayos.
De aquel entorno de
Magallo recuerdo nombres como Las Partidas, Casagrande, el Cascajo, y, más
adelante, en la vía a Bolombolo, la Costa, Morrón, la Selva. Son los referentes
de la memoria (de la ensoñación) que eclosionan al acicate de Magallo. La carretera,
como otra quebrada de asfalto, corre paralela a Magallo, en un nivel más
elevado. Descienden ambas, carretera y Magallo, hacia Bolombolo. Después del
Salto, la quebrada retoma su naturaleza y desagua en el Cauca. La carretera
pasa el río, hecha puente, y sigue su tránsito hacia otras tierras.
Sonidos de
lugares que la memoria trae: Bolombolo, Venecia, la Albania, Titiribí, Amagá,
Angelópolis, Caldas, Medellín. La otra quebrada de Concordia, la Comiá, también
desagua en el Cauca, por los lados de Titiribí. Pero la Comiá no tiene Salto. Son
recuerdos, vagos, imprecisos, tal vez errados. Lo esencial es ese nombre:
Magallo. Un nombre en el que siempre sospeché una elisión. El original debió
ser Mamá Gallo. La economía del lenguaje nos dio este Magallo que aprendimos a
pronunciar y a querer. Hoy todavía, sin ir hasta el Salto, estoy cazando
renacuajos en la quebrada, al lado de la manga de las Toñas.