jueves, 27 de junio de 2019

¿Vendieron el Salto de Magallo?

He oído que el Salto de Magallo, atractivo turístico de Concordia, ha sido comprado por una empresa electrificadora. He visto en las redes sociales el rechazo que esto ha generado entre las gentes que aman al municipio. Las voces contrarias son múltiples. Sumo la mía a estas. ¿Qué si conozco el Salto de Magallo? Claro. No he estado al pie, sintiendo en la cara el vapor de agua espolvoreado por la brisa, pero sí he visto muchas veces desde la carretera la cascada que se despeña entre el verde del paisaje de montaña. ¡Magallo! Magallo ha estado en mí desde siempre, como la Piedra del Gallinazo, como la Comiá. Antes de ser Salto, Magallo es una quebrada. Cuántas veces chapoteé en sus aguas, cazando renacuajos, alborotando con mis amigos. De la Quinta de los Quijano era muy fácil bajar hasta Magallo, lo mismo desde el Liceo. Seguía siendo Magallo la corriente que, más abajo, por la Almidonera, se conchababa con nuestras ansias de bañistas. Como goleros friolentos nos tendíamos en las rocas que salpicaban el cauce y el sol nos consentía con sus rayos.

De aquel entorno de Magallo recuerdo nombres como Las Partidas, Casagrande, el Cascajo, y, más adelante, en la vía a Bolombolo, la Costa, Morrón, la Selva. Son los referentes de la memoria (de la ensoñación) que eclosionan al acicate de Magallo. La carretera, como otra quebrada de asfalto, corre paralela a Magallo, en un nivel más elevado. Descienden ambas, carretera y Magallo, hacia Bolombolo. Después del Salto, la quebrada retoma su naturaleza y desagua en el Cauca. La carretera pasa el río, hecha puente, y sigue su tránsito hacia otras tierras. 

Sonidos de lugares que la memoria trae: Bolombolo, Venecia, la Albania, Titiribí, Amagá, Angelópolis, Caldas, Medellín. La otra quebrada de Concordia, la Comiá, también desagua en el Cauca, por los lados de Titiribí. Pero la Comiá no tiene Salto. Son recuerdos, vagos, imprecisos, tal vez errados. Lo esencial es ese nombre: Magallo. Un nombre en el que siempre sospeché una elisión. El original debió ser Mamá Gallo. La economía del lenguaje nos dio este Magallo que aprendimos a pronunciar y a querer. Hoy todavía, sin ir hasta el Salto, estoy cazando renacuajos en la quebrada, al lado de la manga de las Toñas.