Es el rostro de la
misma persona, pero en distintas épocas, la niñez y la madurez. Ese rostro destaca
en dos fotografías, la primera escolar, la típica, el niño sentado en un
pupitre con un lápiz en la mano, el fondo idílico; la segunda es una fotografía
tipo documento, muestra a un hombre en la plenitud de la vida, ataviado con una
camisa color guayaba y un sombrero blanco con cinta negra. En ambas imágenes el
retratado mira a la cámara con decisión, con unos ojos algo melancólicos. El cabello
es negro y liso, pero en el niño es abundante
y con un mechón en la frente, mientras que en el hombre, bajo el sombrero, el
pelo aparece motilado y correcto.
El cuello alargado,
la manzana de Adán muy marcada y la nariz algo aplastada son detalles que
persisten en esa fisonomía alterada por el tiempo. El niño es huesudito y de
cara larga, mientras que el hombre es más lleno de carnes y de rostro estrecho.
Alguien dudaría, al comparar las fotos, de que son la misma persona. La
diferencia de edad de los dos referentes es enorme, y esto lleva a vacilar. El niño
usa una camiseta verde que más bien parece colgar de su torso. En el hombre ha
desaparecido ese hálito de romance y candor del chico, sustituido por un
aspecto curtido y duro, el trabajo de los años.
Para mí no hay duda
de que son la misma persona. Compartí días de infancia con el chico de la foto,
y también, en dos o tres ocasiones, ya hombres hechos, coincidí con el sujeto
de la foto tipo documento. Conozco el nombre y la historia de esa vida que hoy
se me presenta en dos formatos distintos estampada en el milagro de la imagen.
No revelaré los datos. Sólo debo decir que el niño que sostiene el lápiz en la
fotografía de escolar y el hombre que luce el sombrero de ala corta son el
mismo ser, un ser a quien considero y consideraré mi amigo.