De niño tenía afición por los cantos. Cualquier ocasión era propicia para enhebrar la voz en coral con las de sus hermanos. Acaso sin saberlo echaba mano de la herencia de los ancestros, abuelas cantoras y bailarinas, abuelos guitarreros y serenateros. Así fue como el indio Chumaco entro en la dimensión vocal. Quiso hacerse una voz.
De niño, se sumaba al festivo grupo de sus hermanos, donde un precario fogoncito de piedras en el patio, por lo general en la noche, sustentaba un cocido, un arrocito con papa. A él lo mandaban por la cebolla junca a la pobre huerta del barranco. En la penumbra no era fácil discernir las cebollas secas de las óptimas, y el indio Chumaco arrancaba un manojo. Daba la casualidad de que traía las más escurridas, y esto daba pábulo a sus hermanos para un canto jocoso.
"Una cebolla toda podrida
Y toda seca, y toda escurrida
Fue la que trajo el indio Chumaco".