Ya soy como ellos. No ves que soy una pelota de pelos y bigotes, no ves el dinamismo de mis orejas ante los estímulos del medio, no importa. Así y todo, ya soy como ellos. No tengo andar aterciopelado ni me gusta purgarme comiendo yerba; tampoco me ovillo y duermo sin afanes en el sofá o encima de la organeta, vale. Así y todo, ya soy como ellos. No hago mis necesidades en el arenero ni me desespero ante la aparición de un pájaro, una mariposa, un ratón. No importa, así y todo, ya soy como ellos. El sentido del pudor frente a mis deyecciones sí lo tengo. Lo mismo que el ronroneo de satisfacción ante los halagos de la vida. También poseo el goce y la pericia de trepar árboles y de la carrera veloz. De igual modo, me esponjo y alerto en la vecindad de los perros y de las gentes extrañas. Ya soy como ellos en el búdico estado de entendimiento del mundo, en el arte inapreciable de saber pasar los días. Ya soy como ellos, y llevo calcados por dentro sus pasos y sus gestos.