Es un impostor o un espontáneo que usurpa el cargo que el profesor nombrado oficialmente debe ocupar. El maestro Ciruela intercepta una comunicación en la que el otro informa al rector del colegio que no puede presentarse al trabajo por hallarse con quebrantos de salud. La ausencia (la incapacidad médica lo comprueba) será de dos meses. Su impostura no se descubre hasta el final.
Este impostor de la docencia, cuya identidad queda oculta, es todo lo contrario a un maestro tradicional (si nos detenemos en las asociaciones peyorativas que este apelativo conlleva). Es una fresca exhibición de lo que el verdadero maestro debe ser en lo concerniente a originalidad, conocimientos, amor por la educación y empatía con los niños. Su tarea de formador rebasa los muros de la escuela para volcarse al ámbito comunitario, donde sigue siendo amigo, ciudadano, maestro.
El ingrediente de la acción no falta. He aquí un par de situaciones: Primero, la batalla campal entre los alumnos de Ciruela y los del colegio vecino; segundo, la persecución de Ciruela y sus chicos a los ladrones que les hurtan el dinero recolectado para auxiliar a la madre de Óscar. Estos dos episodios avivan la narración y magnifican la historia, capturando la atención del lector.
En sí, todo el libro es rápido, digerible, divertido. La prosa es sencilla, con abundantes diálogos y situaciones jocosas. El mensaje es elevado, inspirador, edificante. El maestro Ciruela personifica el ideal del maestro cariñoso y severo, inteligente y jovial, maduro y juvenil al mismo tiempo. Y, sobre todo, deseoso de enseñar a sus alumnos valores inquebrantables como el amor a la vida, la solidaridad, etcétera.
Además de narrar una simpática historia, el libro ilustra estrategias didácticas meritorias.