lunes, 18 de septiembre de 2017

Mi amigo Angarita

Me cuentan que Angarita se había convertido en piedra de escándalo en el pueblo. Centro de un inusual corrillo, apoyándose en un libro que traía en la carátula la imagen del Ché Guevara, difundía ideas revolucionarias entre camaradas y curiosos. ¿De dónde había sacado ese libro? Angarita desertó de la escuela antes de acabar la primaria, bastándole con aprender a leer y escribir. Se dedicó a la vida burda del rebusque, de los mandados, de tejer las calles y estar ocioso mucho tiempo, pendiente de la jugada, de los hilos (unos visibles, otros menos evidentes) que entrecruzan la dinámica del avispero humano.

Me gusta verlo, pese a las opiniones negativas que sobre él circulan, como una rareza, con algo de excéntrico y guillado, de cándido y primario. Que un hombre sin educación se transforme en difusor de ideas socialistas  luego de leer un libro es, sino grandioso, al menos notable. Y el libro del Ché Guevara fue un revulsivo para Angarita. Lo llevó de la vida instintiva a una existencia con un ideal. Tuvo vicios, cometió errores, pero, como fuese, sin demasiadas luces, a los trancazos, se orientó hacia un propósito: atacar a los ricos.

Los ricos fueron las víctimas escogidas por la fiebre justiciera de Angarita. Comenzaron a ser extorsionados, algunos sufrieron secuestro. Angarita seguía morando en el pueblo como un hijo de vecino, sin ocuparse en nada específico, haciendo mandados, sencillo, tratable. Pero ya andaba haciendo sus trastadas y cierto día fue a parar a la cárcel: le habían cogido algo grande. Pagó condena y salió, pero el libro no lo desamparó. En las escalas contiguas al atrio de la iglesia, donde el aroma de los robles pegaba embriagador, siguió impartiendo el pensamiento de la justicia, la igualdad, la transformación. Los años lo iban dotando de una pátina de madurez y reflexión, un aire de soñador. Este aire lo aureolaba el día en que los pistoleros lo sorprendieron en el Puente, camino a casa.  

domingo, 10 de septiembre de 2017

Arabia

Arabia

Las dunas, primera imagen que rompe en mi cabeza. En seguida brota un oasis: palmeras, manantiales, suave brisa. Estoy allí, luego del castigo del sol, en ese frescor. Se llama romántico a quien sueña paisajes exóticos, países lejanos. Pues bien, yo estoy en Arabia. Mi traje, mi turbante, mi corcel. Apuntan en el horizonte las torres del palacio adonde me dirijo.