De la avioneta al avión
A los cinco años, viajé en avioneta de San Juan de Urabá a Turbo, un viaje de quince minutos, sobre el Golfo. Me acompañaban mi hermana, dos años mayor que yo, y un tutor, el señor Miguel Angel De La Rosa, compadre de papá.
Papá, que trabajaba en Chigorodó, donde ya había trasladado al resto de la familia, nos esperaba en el aeropuerto. Antes de viajar a Chigorodó, entramos a almorzar en casa de mi tía Sinforina, que habitaba en un barrio cerca al muelle, anegadizo, al que se accedía por una red de frágiles y precarias tablitas que hacían
las veces de puente, y por donde uno caminaba con miedo de caerse al agua podrida.
Nada de eso ocurrió. Llegamos donde la tía, y luego a Chigorodó, sin novedad.
Pasaron muchos años antes de que me alistara a montar en avión de nuevo. Casi soy un viejo. Mañana viajo a Bogotá en una línea comercial reconocida. Pasaré el fin de semana allí.El sustico está ahí, claro. Son varias decadas sin experimentar ese aire arriba. Veremos cómo nos va. Como experiencia, está bien. Es preciso salir del árido empalago de la rutina. Viajo agripado. El avión. El avión.
Veremos cómo nos va, cómo nos arreglamos con el sustico.
Hasta la vista.