viernes, 17 de junio de 2016

La muchacha de ojos estupefactos

La muchacha de ojos estupefactos aguarda entre murmullos de hojas secas, entre la floración de junio, entre los pliegues del poema.
Si le digo que me espere, ¿me esperará?
Es demasiado pedir a las estrellas.
Pero acaso ella aguarda en el cajón de mi escritorio, en el tierno borde del alba,
en las páginas del libro.
Si le digo que me alumbre, ¿me alumbrará?
Es demasiado pedir a los dioses.
¡Es demasiado pedir!
¿Es demasiado?

lunes, 6 de junio de 2016

Maya, nuestra gatita

Maya nos acompaña desde hace dos meses. Es una gatita de cuatro meses, adoptada por mi hija. Es blanca, manchada de negro y marrón. Esta mancha bicolor le cubre sobre todo el  lomo, la cara y la cola ; el pecho y las patas son blancos, con una que otra partícula de los otros colores, negro en especial.

Maya es una locuela y traviesa minina. Mi hija rabia cuando Maya juega con bichos, gusanos, moscas, etcétera, y cuando, a veces, se los come. Es una delicia verla tratando de cazar una mosca. También juega que da gusto con una cajita de chicles vacía. Esto es aún más divertido que verla cazar una mosca. Se enloquece con la cajita. Brinca, corretea, se revuelca.

Es de buen comer y acude al arenero como una maquinita. Además del cuido y del agua, su dieta se complementa con comida blanda, que se le trae cada quince días, cuando mi esposa hace mercado. Yo le compro una bolsita de pasabocas y le doy uno al día. Aunque en ocasiones trampeo y le doy dos. A Maya le fascinan.

Cuando estoy en el estudio, Maya viene a acompañarme. De un brinco, se acomoda en mi regazo y en seguida se pasea como ama y señora por el escritorio, olisqueándolo todo. Si las gavetas del escritorio están abiertas, es seguro que se deslizará al interior, haciendo crujir los sobres de manila...

Es la consentida de la casa, una casa donde el integrante más joven tiene 16 años (mi hijo). Es la niña. Una niña muy brinconcita y mimada, pero también muy escrupulosa con sus deyecciones, que corre a cubrir...

"Maya", es una voz que se escucha repetidas veces en el día en nuestra casa, en un aire de alegría, mimo, y también de regaño, porque la bribona no es una santuela. Le gusta la calle, cosa que debió heredar de mí, que fui muy callejero de niño... Como aún no está operada, no es bueno dejarla callejear...

¡Ronronea! Hasta que llegó Maya no supe a ciencia cierta lo que era el ronronear de los gatos, algo muy grato. Reflejo de que están a gusto con uno, según afirman los que saben. ¡Y los maullidos! Y los arañazos, y las mordidas...

Maya... En este momento, mientras escribo, juega en mi regazo: mordisquea el cable del computador.