La torre de la iglesia
La torre de la iglesia se recorta contra los cerros (uno, dos, el de atrás más alto y distante) y el cielo del poniente. Es una torre almenada, con una torrecilla roja. En el atardecer, después de la lluvia, con una bondadosa pizca de sol y un aire refrescado, la torre de la iglesia recoge el paplpitar del paisaje. Es un momento espiritual, de una etereidad emocionante. En un cebollal, un cultivador está a horcajadas entre dos surcos, inclinado hacia adelante, cuidando de las plantas. Trae el torso desnudo. Un mocho blanco y unas botas completan su informal atuendo. Hay otras sementeras cerca, una con fríjol, otra recién arada, pero sin los surcos, esponjada y morena como un pan de bienaventuranza. Qué bello. Ese cultivador, que observo desde la distancia, me transmite la pureza, la fuerza, la claridad de una acción que me parece de lo más trascendente. Pronto llegará la noche. Las aves han buscado el resguardo de los árboles. Allá al fondo, las nubes se pintan de naranja y violeta, como en un ritual primigenio, donde el rostro debe ser transfigurado por el misterio de las tinturas, que vienen, en su mayor parte, de la propia tierra. Tierra, eso soy. Tierra seré.